la luna (I)

La insinuación de la luna consta de tres pasos incomensurables: el descenso de la noche, la aparición de las estrellas y el atisbo de tus ojos.
El primero tiende a deshabitar el alma de todo lo pronunciable y a colmarla de silencios en el centro del poema. Suele llamarse también, en ciertas regiones de tristeza, como la distancia infinita de la palabra preferida.
El segundo paso reside en dos circunstancias visibles: la luz y la sombra. El trayecto de una a otra se produce cuando lo posible se torna ausencia, y visceversa. La incoherencia coexiste en el espacio con una noción caracterizada de la nada y el todo: el mundo es, en efecto, una composición de dos acontecimientos imparciales, una supresión de lo absoluto.
El tercer paso, finalmente, consiste en una mirada casi triste en donde se espeja, a modo de cristal, la luna; si se encuentra en cuarto creciente, tus párpados tienden a cerrarse; en cambio, si es luna llena, tus pupilas se dilatan y alrededor de los ojos nace una lágrima, como si en un desfile celeste.

en tanto el cielo

Y vos eras decididamente mi luciérnago, un par de antenitas articuladas volando por encima de mi cuerpo, emitiendo destellos de lumen como en un desfile nocturno, aguardando mis luces específicas para acontecer vagamente en mi mundo.
Para el resto, un bichito más entre los otros, que se escapaba inesperadamente de las manos perversas y de cuando en cuando, irradiaba con su pancita insólita una fracción del mundo. Casi siempre me hartaba, y en una necesidad repentina, procuraba explicar el élitro antecedente de tu cuerpo, las alas posteriores, la biolumiscencia y qué se yo. Pero entonces comprendía que si nadie alcanzaba a darse cuenta de que sucedías como esas cosas que se advierten para siempre, no era porque carecían de la visión necesaria para entenderte (la cual no los impedía de repente de tomarte de las alas) sino porque precisamente estabas consumado para mí.
No aceptabas el frasco, la condena inevitable del vidrio, la determinación en el costado de la mesita de luz; tu providencia exigía con constante necedad el breve cielo al que habías sido absuelto, una cierta representación de las estrellas quizás, o el insospechado lunar amarillo en el centro del huerto.
Prescindir de vos no pretendía sólo una triste perspectiva de lo acontecido, también significaba, en el fondo de la congujación, aprender a no volar. Por la misma razón en que el femenino de un bichito de luz tiene las alas condenadas a la obstrucción del vuelo y necesita de su masculino para contemplar un cielo, con tu presencia ocurría sucedáneamente; sin conocerte o perdiéndote, más bien eximiendo tu existencia, abandonaba para siempre la parcialidad de comprender el mundo.

conjugación de vos

Probablemente estés sentado en tu colchón leyendo los poemas que deletreé en el cuaderno antes de irme. Quizás hayas tenido miedo, y entonces, en el silencio de la noche, habrías trazado una caricia con la palabra despedida. Sospecho que tomaste el último tren celeste y en un viaje de trasparencias, habías escrito dos lunas con mi nombre. Temería que hubieras llorado o que cuentes ovejas blancas para dormirte. Te insistiría, como una hamaca al viento, que te quedaras en tu cuerpo, que te tomaras la cintura y aprendieras a apreciar ese paraíso de tristeza.
Pero estás sentado en tu colchón, probablemente nada, quizás nunca tuviste miedo, trazarías, no sospecho, ni una caricia ni dos lunas, y temeré, celestemente, que no hubieras llorado, que no insistas en quedarte, para siempre, en mi cintura.

no queda nada

Equilibrar el universo: condenar a todo lo que no sos.

Diseñé un mapa de todas las muertes posibles, de todas en las que no entrara tu nombre. No hallé en ese esquema inconsciente, ni una sola razón para tu ausencia. Deseé con el alma que hayas sido otro para que pudieras ser en vos. Nada. Tus alas como dos reliquias en el palacio del olvido.

arroz con leche

Y resulta que abro la puerta y no estás. La escena se repite una infinidad de veces, deberías verme, sentada en el sillón, casi rendida, me miro las manos, no puedo creerlo, empiezo a maldecir, maldigo al tiempo, a las palabras, no sé ni qué maldigo, y entonces, como una niña condenada a la inocencia, me echo a llorar desconsoladamente. Y no termina ahí, es otra vez lo mismo: esperar a que estés escondido en el balcón, cansado de esperarme, apagar el cigarrillo, reirte del horror de que estás muerto, y prometerme que mañana me llevás a caminar sin despedirte.

diario (5): julio de puntos suspensivos

Ayer me dormí a la medianoche. Estuve trabajando en un imposible: celebrar tu ausencia.
La habitación era un cementerio de cielos y en cada vértice, hallábase una fotografía de otra fotografía (como si mi recuerdo de vos estuviera nombrado en otro recuerdo). El deber consistía, dolidamente, en mirar y no mirarte a vos. Lo preciso era, por ejemplo, que el invierno reconociera las vacaciones en la nieve y no tu cintura en mi ventana. Alcancé a memorizar un libro olvidado en lugar de tus manos, y un paraguas perdido en mitad de la lluvia. Pero en cuanto contemplé al cielo alunado en la mesita de luz, tu retazo de caricia me lagrimeó los ojos.

diario (4): expedición de un lunes

La luna y la miel de uva: una ensoñación para combatir a la tristeza.
Debería aprender a escribir el universo, y no esta amalgama de ilustraciones para olvidar tu nombre. Mi escritura se volvió la definición de tu abandono (casi sin metáfora y huérfana de imaginación). Todo lo que sé decir está lejos de lo que en realidad sucede; como si para explicar la estrella tuviera que esbozar el mundo.